La historia del “paraíso económico” de Nauru ilustra quizás mejor que ninguna otra, a nivel microcósmico, la ruina que se produce al final de una economía lineal.

En la década de 1970, la diminuta isla de Nauru en el Pacífico tenía la renta per cápita más alta del mundo después de Arabia Saudí. El dinero procedía de la minería intensiva de sus grandes reservas de fosfatos, construidas a lo largo de innumerables años gracias a la acumulación de excrementos de aves marinas que se utilizaban como fertilizantes. No obstante, actualmente casi todo ha desaparecido, al igual que la mayoría de las aves marinas que lo producían, puesto que la minería de fosfatos ha arruinado su hábitat. La nación tiene una deuda muy elevada, y depende de las subvenciones de Australia. Mientras tanto, debido a la minería, el ecosistema para los seres humanos también se ha deteriorado: el interior de la isla –el 80% de la masa terrestre- es inhabitable.

Nauru ilustra dos problemas de la economía lineal. Por una parte, los materiales utilizados para generar el crecimiento económico se pueden agotar. Por otra, la producción y el consumo de dichos materiales pueden deteriorar la calidad del medio ambiente y poner en riesgo el futuro socio-económico de una comunidad. En la búsqueda del crecimiento económico a cualquier precio, Nauru agotó su “capital natural”. Los críticos podrían afirmar que se ha convertido en el primer país desechable del mundo.

El cambio a una economía más circular requiere un cambio en la forma en la que el mundo lleva a cabo negocios. Esto implica abandonar la pura perspectiva del mercado libre defendida por economistas como Milton Friedman, que consideraba la rentabilidad para los accionistas como la principal responsabilidad de la dirección corporativa, para adoptar una perspectiva en la que las empresas tomen en consideración a la sociedad en su sentido más amplio. Las empresas ya están respondiendo de manera eficiente a la nueva prioridad otorgada por los gobiernos y los inversores al mantenimiento de un sistema que sea auto-sostenible y no provoque perjuicios duraderos. En realidad, algunas personas podrían denominar esto como “sostenibilidad”, pero preferimos el término “economía circular” porque describe el proceso necesario para mantener el mundo en un equilibrio saludable.